Si a un militante obrero le hubiesen dicho hace un siglo que el sufrimiento laboral se redefiniría como conflicto individual a tratar psicológicamente, además de alguna palabra subida de tono, lo calificaría de irracional.

La medicalización postmoderna es el nombre común que se da a la redefinición como síntomas o enfermedades de problemas inherentes a la vida cotidiana o a la estructura social que se mantenían antaño dentro del saber común y el conflicto entre clases.

El desarrollo de la medicina científica y la cura de enfermedades infecciosas dotaron de tal prestigio al gremio médico que transformaron la medicina en un saber omnipotente. Prestigio complementado por el narcisismo médico al que no podía dejar de halagar esa atribución de saberes-poderes y que se atrevió en la reunión de la OMS de Alma Ata a prometer salud para toda la humanidad en el año 2000. Promesa de salud que incluía un bálsamo medico productor de salud definida como “máximo desarrollo de las potencialidades físicas, psíquicas y sociales”. Las bases de la medicalización postmoderna estaban servidas.

La eficacia de la cura médica de las enfermedades infecciosas, la salubridad de la ciudad lograda por los sanitarios y el control de las epidemias mediante el alejamiento de las heces de las poblaciones, permitió una invasión tecnológica del mundo de la vida por los médicos, construyendo la utopía sanitaria: cualquier malestar vital o cualquier dilema existencial podría ser traducido y respondido desde el campo médico. El titulo del libro de Illich (1987) que enfatizó los desmanes de la medicalización ya hacía referencia a esa hibris médica que quería burlar la vigilancia de esta diosa para que la felicidad y la vida de los mortales no se pareciese a la de los dioses. La tecné médica aspiraba a esa vida de los inmortales al tiempo que parecía conquistar para la ciencia y la razón instrumental el territorio que desde Aristóteles se reservaba a la prudencia.

Las críticas a la medicalización contemporánea agrupan los trabajos que cuestionan la procedencia de ese proceso que transforma la biografía en historia clínica y suministra una especie de manual de uso para vivir de forma sana enmarcando la experiencia vital, desde el nacimiento a la muerte, dentro de categorías médicas.

– El moderno saber médico-psicológico enseña hoy cómo elaborar el deseo de tener hijosy dota a los padres de unas técnicas psicológicas para imaginar al no nacido para poder hacerlo integrable a posteriori en la cadena simbólica de lo familiar. Los libros de autoayuda que popularizan esa higiene aconsejan a la embarazada tanto a ensoñar con el cuerpo y el nombre del hijo antes del parto. O para qué hablar de la tutela sobre la vida cotidiana de la embarazada y el cumplimiento estricto del plan de lactancia y cuidados del recién nacido que incluye una labor policíaca de las trabajadoras sociales para la detección precoz de la negligencia o el maltrato que coordina un juzgado del menor.

– Resalta en algunos trabajos cuantitativos sobre la medicalización que esa monopolización del parto y el cuidado del neonatoes tan sólo una de las veinte situaciones que se contabilizan habitualmente como tales pero que pueden ampliarse al infinito. Por ejemplo en el otro extremo de los problemas del nacimiento estarían los del envejecimiento como enfermedad terminal y deficitaria donde cualquier variación del felicismo ya orienta hacia una etiqueta de depresión involutiva. La vejez siempre se había servido de la melancolía como musa inspiradora de sabiduría. Against Hapinesss es un texto de Wilson donde enfatiza cómo las pautas para un envejecimiento sano reproducen sin saberlo la receta de felicidad burguesa de Flaubert: ser estúpido, ser egoísta y tener buena salud.Esa medicalización de la infelicidad y la desposesión de la tristeza del hombre normal son analizadas por Horwitz en la sociedad americana donde hasta la pena de los perros con pedigrí por la separación de sus amos es tratada con Prozac.

– La incompetencia alimenticia es otro de los tópicos que aporta devotos a las capillas médicas. Aprender a comer para evitar la obesidad como factor de riesgo para la salud y tomar productos de belleza anunciados como medicinas para normalizar el peso, el colesterol o la descalcificación son los bálsamos de una angustia nutricional que embarga a millones de personas que se sienten gordas y feas. La obesidad ya no es algo objetivable por el centímetro del endocrino sino la no aceptación de un esquema corporal en cuyos extremos están bulímicos y anoréxicos, donde el pánico alimenticio está fuera de control. Claro que como en el juego de las siete y media si te pasas es peor, la obsesión por el deporte y la alimentación sana también conduce a la vigorexia que merece un apartado diagnóstico específico.

– En una prestigiosa revista de psiquiatría se ha descrito recientemente el llamado “Desorden de Deficiencia de Motivación” que describe según sus descubridores un tipo de conducta que provoca una apatía incontrolable para iniciar tareas mínimas. Ese estado que antaño la gente llamaba flojera, indolencia o vagancia supone un substrato común para las enfermedades ligadas al mundo laboral. Acoso moral, burnt out, bulling y otro largo etcétera medicalizan el conflicto que antaño se llamó lucha de clases y se dirimía en el ágora colectiva.

– El duelo es un proceso inevitable de la existencia humana en la que los vivientes deben llorar la pérdida de sus seres queridos que nunca se mueren en el tiempo debido: la vieja figura del huérfano atribulado durante años sería tributaria hoy de psicoterapia ya que una discusión bioética establecía la conveniencia de atenuar la pena con antidepresivos si persiste a los seis meses de producirse el óbito.

Adorno afirmaba que nunca se tiene bastante temor sobre las sorpresas que la irracionalidad y la pelea por el lucro puede depararnos en el capitalismo. Virilio habla de la ciudad pánico para describir la metrópoli postmoderna. La fobia social que afecta a millones de americanos o las alergias perennes al aire ciudadano parece prudencia temerosa a la jungla ciudadana. Disminuir los dinteles de riesgo en diversos marcadores como el colesterol, el nivel de calcio en la menopausia, la tensión arterial en la vejez o los marcadores prostáticos de riesgo tumoral, constituyen otros tantos factores de medicalización que como señalábamos tienden a solaparse con la biografía para transformar cualquier edad del hombre en situación de riesgo médico.

 

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